Durante un tiempo, Francie sólo sabía pronunciar las letras una a una, para luego juntar los sonidos y formar una palabra.
Pero
un día, mientras hojeaba un libro, la palabra “ratón” le
apareció entera y de inmediato adquirió sentido. Miró la palabra y
la imagen de un ratón gris se estampó en su cabeza.
Siguió
leyendo y cuando entrevió la palabra “caballo”, oyó los golpes
de sus cascos en el suelo y vio el sol resplandecer en sus
crines.
La palabra
“corriendo” la golpeó de repente, y ella empezó a jadear, como
si de verdad hubiese estado corriendo.
La
barrera entre el sonido de cada letra y el sentido de una palabra
entera se había caído. Ahora, con un simple vistazo, la palabra
impresa le revelaba su sentido.
Leyó
rápidamente unas páginas y estuvo a punto de desmayarse por la
emoción. Quería gritarlo al mundo entero: ¡Sabía leer! ¡Sabía
leer!
A partir de
entonces el mundo se hizo suyo a través de la lectura. Nunca más se
sentiría sola, nunca más añoraría la compañía de un amigo
querido. Los libros se volvieron sus únicos aliados. Había uno para
cada momento: los de poesía eran compañeros tranquilos, los de
aventura eran bienvenidos cuando se aburría, y las biografías
cuando deseaba conocer a alguien.
Ya
adolescente, llegarían las historias de amor. La tarde que descubrió
que podía leer, se prometió leer un libro al día durante el resto
de su vida.”
(Fragmento
de “Un árbol crece en Brooklyn” de Betty Smith)

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